Otras historias

Las dos vidas de Duci Simonovic

1. De mitos y malditos

 

Siempre he sentido una especial afinidad por los malditos. Grupos de música malditos, películas malditas, jugadores malditos. Tal debe ser mi afinidad, que todo el mundo a mi alrededor siempre me ha llamado “maldito…” (poner un adjetivo descalificativo), aunque nunca he acabado de entender la relación. Bueno, da igual. El tema es que desde siempre me han atraído esos personajes con historia detrás, algunas veces truculenta, otras simplemente peculiar. Los pudo ser y no fue, los que llegaron a serlo pero sólo en sus círculos más íntimos y jamás fueron reconocidos por el gran público… 

1970. Después de muchos años intentando llegar hasta lo más alto, Yugoslavia consigue por fin una medalla de oro, aunque uno de sus grandes emblemas históricos, Radivoje Korac, no podría vivir el éxtasis por un sólo año. En Ljubljana, y ante su público, doce hombres, doce héroes, pasaron al imaginario particular como los pioneros de lo que en el futuro sería una amplia lista de campeones. Dirigidos por Ranko Zeravica, los doce elegidos fueron Rato Tvrdic, Vinko Jelovac, Trajko Rajkovic, Aljosa Zorga, Dragan Kapicic, Ivo Daneu, Kresimir Cosic, Damir Solman, Nikola Plecas, Dragutin Cermak, Petar Skansi y… Ljubodrag Simonovic. 

Aquel oro levantado por el mito Daneu y protagonizado por Kresimir Cosic significaba la apoteosis de la generación clásica del baloncesto yugoslavo, la cual se veía complementada por un grupo de jóvenes de evidente calidad. Tres años después, en el Europeo de Barcelona, daría comienzo la auténtica primera época dorada, en la que los Slavnic, Kicanovic, Dalipagic, Jerkov y, posteriormente, Delibasic o Radovanovic, se unían a los que fueron los jóvenes del éxito de Ljubljana –que ahora cambiaban su status por el de veteranos–, en lo que pasó a ser la selección por excelencia de Yugoslavia hasta que, a finales de los ochenta, otro grupo muy diferente –aunque heredero en espíritu– le disputaría el título honorífico. Hubo varios nombres del Mundial que permanecerían en la etapa posterior, esto es, los Solman, Kapicic, Plecas, Jelovac… hasta que cedieron el testigo definitivamente en la segunda mitad de la década. Uno siempre pensó que los pioneros de Ljubljana que no protagonizaron los éxitos posteriores cayeron producto de una selección natural, ya fuera por edad avanzada o porque sus sustitutos tuviesen más calidad. Y Simonovic no pasó de los Juegos Olímpicos de 1972. Así que… 

No sé por dónde empezar. Seré original y lo haré por el principio. Ljubodrag Duci Simonovic nace en Banja Vrnjacka en 1949. A los 11 años, pasa a formar parte de las categoría inferiores del Sloga de Kraljevo, el club del que años después surgiría un tal Vlade Divac. A los 16, ficha por el Estrella Roja de Belgrado, equipo que del que formaría parte durante 11 temporadas, estableciéndose en ese periodo como uno de los mejores jugadores de la historia del conjunto capitalino. 

Y es que Simonovic era un jugador de un talento excepcional. Un escolta que en ocasiones podía desempeñar labores de base, producto de una técnica individual depuradísima. Su repertorio ofrecía un compendio de los clásicos fundamentos balcánicos, con una gran fluidez de movimientos y una elegancia natural que le situaba en la estela de los posteriores –algunos, no demasiado– Mirza Delibasic o Toni Kukoc. Gran facilidad para marcar los pasos o la carencia de ellos, multitud de paradas diferentes, un estilo impecable pasando y botando el balón con ambas manos… y el lanzamiento. Siempre el lanzamiento. Veloz a la vez que armonioso, Duci era de ese tipo de jugadores que, cada vez que se levantaba en una suspensión, parecía enviar el vuelo del balón al destino inevitable de besar la red con ese sonido tan embriagador que tanto echamos de menos en muchos parques al aire libre. Desde cualquier distancia, en movimiento o con los pies encarados, Simonovic era un arma mortífera. Además, y por si fuese poco, era un hombre muy intenso en la pista. O eso se desprendía de sus arengas a los compañeros y protestas a los árbitros, peleado a veces con el mundo para pocos segundos después darle una palmadita al que acababa de errar. Un carácter de esos. Hablando con Svetislav Pesic, un jugador de la misma generación del 49, le pregunté por Duci. “Simonovic ha sido uno de los grandes talentos de la historia del baloncesto yugoslavo”. “¿A la altura de los más grandes?”. “Sí, su calidad era enorme, comparable a un Kicanovic o un Petrovic”. 

Un talento de sus características no pasó desapercibido para los técnicos yugoslavos. Y desde bien joven se acostumbró a grandes expectativas a su alrededor. Así, en 1964 y con tan sólo 15 años, ya formaba parte de la selección yugoslava junior (sub19) en los Juegos de los Balcanes de Atenas, rodeado de jugadores varios años mayor que él como Janko Lukovski –padre de Dragan–, Ivica Valek o Nikola Plecas. Siempre por delante de los demás miembros de su generación, que participarían en ese campeonato cuando por edad les correspondiese años después, Simonovic era la gran estrella de una promoción ya de por sí abundante en talento. Tanto es así que Simonovic y Solman, de su misma edad, fueron convocados por Ranko Zeravica con la selección junior que participó en el Europeo de la categoría disputado en Il Porto di San Giorgio con la generación anterior a la suya, la de los Cosic, Zorga, Kapicic o Tanjevic, que consiguió la plata en un torneo recordado por la aparición internacional de dos pívots, dos iconos, que marcarían el baloncesto continental en las siguientes dos décadas: Dino Meneghin y el propio Cosic. Aun siendo más joven que sus compañeros, Simonovic tuvo una destacada actuación, convirtiéndose en el tercer máximo anotador del equipo, a tan sólo dos puntos totales del segundo (Zorga) y no demasiado lejos del gigante Cosic. Su compañero de promoción Damir Solman también rayó a un gran nivel, pues fue el cuarto en discordia dentro de un grupo que repartió mucho la anotación. 

Dos años después –y cuando ya llevaba tiempo siendo muy importante en el primer equipo del Estrella Roja– le llegaría el turno a su propia generación. En Vigo. Un equipo deslumbrante. Slavnic, Jelovac, Solman, Vucinic, Zecevic… y el propio Simonovic. Media futura selección absoluta residía en aquel grupo de jovencitos. No ganaron el oro, aunque parece ser que a lo largo del campeonato se postularon como los grandes favoritos. Muchos años después, Vicente Salaner, en su rincón en El Mundo, escribiría una columna después de asistir a un partido dirigido por Vinko Jelovac en su periplo como entrenador: “Por cierto: ¡30 años ya! desde aquellas locas noches en la playa de Samil que acabaron quitando a unos agotados Solman, Slavnic, Simonovic y, claro, Jelovac, el título Europeo junior en Vigo que Yugoslavia tenía en el bolsillo: el tiempo enseña mucho”. 

Aquello no fue más que una anécdota en el historial de sus protagonistas. Simonovic y sus compañeros se consolidaron como estrellas de la liga yugoslava. Solman en la Jugoplastika, Jelovac en el Olimpia de Ljubljana y Simonovic –y Slavnic– en el Estrella Roja de Belgrado… 

2. Esos equipos frikis que tanto gustan a los ídem…

El Estrella Roja. Ah, ¿por qué tuvieron que existir equipos de estos antes de la masificación de internet? Qué injusta es la vida. Uno de los equipos más freaks que se hayan visto en Yugoslavia. Con una edad muy similar, casi simultáneamente llegaron al primer equipo del conjunto de Belgrado los jovencitos Slavnic, Simonovic, Vucicic y Kapicic –un año mayor–, que unidos al cañonero Vladimir Cvetkovic –padre de Rastko–, Radoslav Sarjanovic, Zoran Lazarevic y, posteriormente, a los Goran Rakocevic –padre de Igor–, Radivoje Zivkovic o Zarko Koprivica formaron un equipo que poseía tanta genialidad… como genio. 

Porque nuestro protagonista, aún no lo he comentado, tenía una personalidad muy peculiar. Intelectual, de valores extremadamente marcados, muy concienciado socialmente, intransigente con las actitudes que no compartía… Su fama de díscolo le acompañaba. Estudiante de derecho y filosofía, lector de los grandes clásicos y seguidor de la ideología marxista, Simonovic tenía una personalidad difícil dentro de los parámetros estándar del deportista de élite. Y en aquel vestuario convivían el único e irreverente Moka Slavnic, el culto y educadísimo Dragan Kapicic –actual presidente de la Federación Serbia de Baloncesto– o un Cvetkovic que ya no había sido convocado con la selección para el Mundial de Ljubljana por su mala relación con Daneu, siendo como era un jugador de más de 30 puntos por partido. Aquel equipo era una de las reuniones de talento más excéntricas que se hayan visto por Europa. Cuenta la leyenda que uno de sus varios entrenadores durante ese período, Musa Bjegojevic, no podía formar un quinteto en que todos sus componentes se hablasen entre sí, y que en los tiempos muertos aquello era una cruce continuo de frases venenosas entre el corrillo, con cinco entrenadores en pantalones cortos y camiseta de tirantes que tenían mucho más claro lo que se debía hacer –aunque cada uno tenía su propio plan– que el pobre técnico. “Mete el micro”, que diría Trecet. A pesar de los diversos éxitos conseguidos por el Estrella Roja, la sensación dejada en el recuerdo fue que no exprimieron toda la capacidad que poseían. El título de liga de 1969 y el de 1972 fueron los únicos éxitos dentro de sus fronteras, pues los tres trofeos de Copa (71, 73 y 75) eran pequeños entremeses para lo que se suponía podían hacer. 

En Europa, llegaron a tres finales de la Recopa casi consecutivas. En 1972, los de Belgrado cayeron por 4 puntos ante la Simmenthal que dirigía Cesare Rubini, a pesar de los esfuerzos de Simonovic, que lideró a su equipo en anotación. Habían logrado llegar igualados a los últimos dos minutos, pero en los instantes finales los italianos se impusieron. Dos años más tarde, el Crvena Zvezda levantó el título ante el Spartak de Brno de Brabeneck, con 23 puntos de Kapicic y 19 de Simonovic. Pero, al año siguiente, los de Belgrado protagonizaron una de esas historias que quedan en el recuerdo durante años. En la final que les enfrentaba al Spartak de Alexander Belov, se adelantaban 53 a 38 a falta de diez minutos para la conclusión. Todo parecía hecho, y más teniendo en cuenta que varios jugadores soviéticos acumulaban ya cuatro faltas personales. Con todo en su contra, el Spartak remontó el partido, hasta lograr imponerse por un solo punto, 63 a 62, en una nefasta noche de Simonivic y Kapicic (5 y 3 puntos, respectivamente), que el acierto de Slavnic, con 21 puntos, no pudo compensar. 

Lo que debió ser aquel vestuario la noche de autos… 

 3. La fama siempre viene por la selección…

Paralelamente a los éxitos y fracasos del Estrella Roja, Duci Simonovic fue ganando importancia en la selección absoluta. Tanto él como su compañero Kapicic ya entraron en los planes de la Reprezentacija desde el Europeo de Helsinki’67 –un año antes de la plata junior en Vigo–. En aquel torneo, el siempre valiente Zeravica convocó a muchos jugadores de la generación del 48 y el 49, en lo que casi parecía una selección junior: Solman, Zorga, Cosic, Plecas… y Simonovic. El resultado fue un noveno puesto, pero en aquel momento el técnico serbio sólo estaba interesado en foguear a los jóvenes de cara al Mundial que se celebraría en Ljubljana tres años después. Además, un mes antes, el mismo grupo había conseguido conquistar los Juegos del Mediterráneo, así que el futuro parecía esperanzador. Cabe decir que aquel mismo 1967 también se celebraría el Mundial de Montevideo, donde Zeravica convocó a jugadores más veteranos y al novel Kresimir Cosic. 

En 1969, los mejores de aquella fantástica camada ya entraron definitivamente en la selección y, junto a los Radivoje Korac, Ivo Daneu, Vladimir Cvetkovic y demás, se proclamaron subcampeones de Europa en Nápoles, rompiendo en la liguilla la racha soviética de 55 partidos invicta. Simonovic era uno de los jóvenes consolidados. En 1970 llegaría el oro de Ljubljana y, en 1971, la plata en el Europeo de Essen. Duci fue la gran estrella exterior del equipo, siendo el segundo máximo anotador (13,3) tras Kresimir Cosic, que anotó 15,7. La selección tenía dos figuras, totalmente complementarias, que podían jugar juntos más de una década, teniendo en cuenta la edad que tenían en ese momento. 

Y en 1972 llegaría la fecha clave para entender el por qué hoy en día Simonovic casi nos suena más a marca de sangría que a jugador de baloncesto. En el torneo olímpico de Munich, célebre por aquella canasta del Belov malo que tanto gustó a los estadounidenses, pasó algo que cambiaría la trayectoria y actitud de Simonovic. Tras ganar los dos primeros partidos del campeonato, ante Italia y Polonia, los plavi cayeron ante Puerto Rico por 5 puntos, 74 a 79. Pocas horas después, a la expedición yugoslava llegó la noticia de que los portorriqueños habían dado positivo en el control antidoping. Los jugadores se enojaron y hablaron entre ellos, decidiendo que sólo continuarían en el torneo si el Comité Olímpico sancionaba a Puerto Rico. Cómo no, Simonovic era uno de los cabecillas del grupo. Pero, poco después, llegó una desagradable sorpresa. Ni el Comité Olímpico, ni la FIBA, ni el Comité Olímpico Yugoslavo estaban por la labor de destapar un escándalo de ese tipo. Presiones, intereses, favores. Y Simonovic, el concienciado Simonovic, decidió que abandonaba la selección, restando aún tres partidos para finalizar el campeonato. Nunca ha quedado demasiado claro si se le expulsó por dos años, si fue él mismo quién no quiso volver, o si las puertas se le cerraron de manera sutil. Pero el que era uno de los mayores talentos del baloncesto balcánico de todos los tiempos nunca más volvió a ser convocado. Tenía 23 años y 109 internacionalidades a sus espaldas. Al año siguiente, en Barcelona, llegarían los Kicanovic, Dalipagic y Slavnic –de la misma edad que Simonovic y que hacía su debut a los 24 años, aunque esa es otra historia también divertida–. Los compañeros de generación de Ljubodrag permanecieron en la Reprezentacija, formando un explosivo cóctel con los jovencitos recién aterrizados que dominó durante varios años en Europa, consiguiendo además la medalla de Plata del Mundial de Puerto Rico y la de Montreal’76. Un equipo muy coral, en el que los minutos se repartían entre 10 u 11 jugadores casi por igual. A pesar de que la cercanía nos lleve a recordar a Dalipagic o Kicanovic, en los primeros campeonatos tras la fusión de generaciones los roles estaban muy repartidos. Pero no para Simonovic, que casi sería borrado del recuerdo, pues sus apariciones internacionales se limitarían a las que hiciese con el Estrella Roja. 

Y eso que su nivel continuó siendo excelso. Tanto como su progresivo radicalismo. En víspera de su enfrentamiento contra el Joventut en la Recopa de Europa de 1975 –ya les había endosado 28 puntos en el enfrentamiento de 1972–, su entrenador, Nemanja Djuric, declaraba a El Mundo Deportivo: “Simonovic es extraordinario, pero está preparando su tesis de Derecho y no puede entrenar con el resto del equipo”. Su progresivo interés por las leyes y la filosofía pasaron a estar por delante del baloncesto. El propio periódico escribía parabienes sobre Slavnic y Kapicic, para detenerse en Duci: “Simonovic tal vez es el mejor de todos ellos, pero su personalidad le hace tremendamente discutido”. 

Pese a ello, continuó siendo uno de los mejores jugadores de Yugoslavia. Y realizó algunas hazañas que aún permanecen en la memoria. Como aquel partido que me comentaba Aleksandar Djordjevic: “Yo estaba en el Hala Sportova el día que Simonovic metió aquella barbaridad de puntos en el derbi contra el Partizan de Kicanovic y Dalipagic. Más de 60 puntos, o algo así. Una burrada…”. Aún es el récord de uno de los partidos más tensos que pueda haber en Europa. El duelo ciudadano entre el Estrella Roja y el Partizan. Fue en 1976. Aunque en realidad, sólo fueron 59. 

Ese mismo 1976, un Simonovic cuyas inquietudes intelectuales suponían ya el auténtico motor de sus actos, se fue a Alemania a realizar una tesis doctoral sobre Filosofía y Ley. Aprovechó para jugar al baloncesto, claro, y fichó por el Bamberg de la primera división alemana. En su primer partido, anotó 55 puntos en la victoria de su equipo sobre el Göttingen por 99 a 90. Su marca significaba un nuevo récord de la Bundesliga. En los dos años que estuvo en el equipo fue el máximo encestador, con mucha diferencia sobre sus compañeros. En la temporada 1976-77, anotó 828 puntos. El segundo realizador de su equipo fue Gerhard Brand, que consiguió 330. El Bamberg se clasificaría para la Copa Korac. En la 77-78, sus promedios no fueron tan devastadores, perdiéndose numerosos partidos y entrenamientos debido a los esfuerzos que dedicaba a sus estudios. Con todo, anotó 675; Holger Winder le siguió a mucha distancia, con 393. No está mal para alguien que juega al baloncesto como hobby complementario. El AEK de Atenas eliminó al Bamberg de la Copa Korac, frustrando el retorno de Simonovic a Belgrado, pues el equipo griego disputaría el mismo grupo de liguilla que el Partizan. No está comprobado si al Partizan le hacía tanta ilusión volverse a enfrentarse con él. 

Al finalizar sus estudios en Alemania, Simonovic volvió a Yugoslavia. Continuaba su formación personal, y ya no quiso jugar en un equipo de primera división. Se enroló en las filas del Lifam de Stara Pazova, un conjunto de categorías no profesionales del país balcánico, en el que permanecería en activo algunas temporadas más, hasta 1981. 

Ya tenía en mente a lo que se iba a dedicar. La que sería su segunda vida. La buena. Y la que hace que este cuento sea mínimamente interesante. Al menos, la que hace que la historia sea friki de verdad. 

4. Citius, Altius, Fortius

“Lo más importante en la vida no es ganar, sino competir, así como lo más importante en la vida no es el triunfo, sino la lucha. Lo esencial no es haber vencido, sino haber luchado bien.”
Credo olímpico, by el Baron de Coubertain. 

Duci Simonovic empezaba una nueva vida una vez finalizada su carrera de deportista. Por fin podía dedicarse en cuerpo y alma a aquello que le apasionaba sin que nadie le mirarse como un bicho raro. O no. 

Durante su trayectoria en la élite baloncestística, una cierta aversión hacia el deporte profesional nació en Duci. Especialmente hacia el Olimpismo, que tan bien había conocido por dentro en Munich’72. No fue una transición rápida, con todo, pues mientras tanto decidió sacarse los estudios de Entrenador Superior (hay rumores que apuntan que Duci proviene de Stu-Duci), y dirigió a diversos equipos menores de Yugoslavia, entre ellos el propio Lifam, así como a toda una retahíla de equipos que todos hemos visto alguna vez por televisión: el Sveresborg de Noruega, el Al Muharaq de Qatar, o la misma selección noruega, que por aquellos entonces estaba en División H. También volvió al Bamberg, esta vez como técnico, en la segunda mitad de la década de los 80. 

Y es que por el camino se había convertido en todo un Master de Ciencias Jurídicas y Doctor en Ciencias Filosóficas. Como cualquier futbolista de a pie, vamos. Profesor universitario en la facultad de Belgrado, en Hannover o en Oslo, su cruzada contra el Olimpismo empezó a tomar forma. Ya el título de su tesis doctoral en la Facultad de Filosofía dejaba caer ciertas pistas al respecto: “Aspectos Filosóficos del Olimpismo Moderno”. Aunque la tesis para su licenciatura de Derecho no daba menos miedo: “El derecho como sistema Cibernético”. Una especie de aura quijotesca le rodeó de manera definitiva. Su actitud de ver gigantes que le atacaban dónde los demás veían molinos acabó por definirle intelectual y físicamente. 

Y así empezó su producción literaria con el deporte de epicentro. No era su única temática, pues su defensa del comunismo, consecuente rechazo del capitalismo y, en suma, amplia reflexión política y social tocaban todos los palos. Pero su diana favorita es el Olimpismo. Todo el mundo tiene alguna debilidad inconfesable, ya se sabe. De esta manera publicó diversos libros, con los sugerentes títulos de La rebelión de los Robots; El profesionalismo y el socialismo; La Farsa Olímpica; Deporte, capitalismo y destrucción; El olimpismo y el nuevo orden mundial (escrito en ruso) o Un nuevo mundo es posible, este último escrito mano a mano con su hija Dunja, también filósofa. Todos ellos, fácilmente encontrables en la colección naranja de El Barco de Vapor. Al que nunca le haya gustado leer libros y prefiera los dibujos, aquí van algunas portadas de sus trabajos: 

 

Citius Altius Fortius

El Fraude Olímpico

El Fraude Olímpico

Un Mundo nuevo es posible (escrito junto a su hija Dunja)

Bueno, las portadas no siempre definen el contenido del interior, que llevo años comprando revistas de baloncesto. La introducción de Un mundo nuevo es posible, el libro que escribió junto a su hija, se titula “Las bases de la teoría crítica contemporánea al capitalismo”. El tema de la obra se resume en que un mundo nuevo es posible. De ahí el título elegido. He aquí una introducción de la introducción: 

“La última escena del combate a muerte entre la humanidad y el capitalismo se encuentra en progreso. La particularidad del capitalismo es que, a diferencia de la barbarie “clásica” (la cual es de naturaleza destructiva, asesina y saqueadora), éste aniquila la vida creando un “nuevo mundo”, una “civilización tecnificada” y un hombre adecuado, deshumanizado y desnaturalizado. El capitalismo ha erradicado al hombre de su medio ambiente (natural) y ha cortado las raíces a través de las cuales éste absorbía la fuerza creadora de la vida. Las ciudades son “jardines” del capitalismo donde “crecen” las criaturas degeneradas. El excremento de perro, la gasolina y el hedor de las coladeras, los anuncios espectaculares brillantes y las luces rotantes de las patrullas policiales a lo largo de la noche: ese es el entorno del hombre del “mundo libre”. Destruyendo el medio ambiente natural, el capitalismo está creando condiciones climáticas cada vez más extremas en las que el hombre está luchando cada vez más y más duro por sobrevivir –y está creando condiciones de vida artificiales accesibles únicamente para la capa más pudiente de la sociedad, lo cual está ocasionando una degeneración definitiva del hombre como ser natural–. “La humanización de la vida” ha sido limitada a la creación de condiciones micro-climáticas, de incubadoras capitalistas especiales, condiciones artificiales de vida completamente comercializadas para las cuales la gente degenerada resulta apropiada.

La verdad más dramática es: el capitalismo puede sobrevivir a la muerte del hombre como ser humano y biológico. Para el capitalismo, el “hombre tradicional” es tan sólo un medio temporal de su propia reproducción. El “hombre consumidor” representa una fase transitoria en el proceso de mutación del hombre, causado por el capitalismo, hacia la forma “más avanzada” del hombre capitalista: el hombre-robot. Los terminators y otros engendros robotizados que son producto de la industria hollywoodense de entretenimiento que crea la “visión del futuro” degenerada a manera del capitalismo, encarnan los poderes creativos, apartados del hombre, que se convierten en los vehículos para la destrucción del hombre y la vida. Se está creando una nueva “raza superior” de humanoides robotizados, la cual podría chocar con la “humanidad tradicional” (entendiendo por esta última a la gente capaz de amar, pensar, soñar despierta, luchar por la libertad y la supervivencia) e imponer su gobierno sobre la Tierra–. En lugar del nuevo mundo, se está creando el “hombre nuevo”, que está siendo reducido al nivel de la humanidad incapaz de comprometer al nuevo orden gobernante.
 

La ciencia y la tecnología se han vuelto la palanca básica del capital para la destrucción del mundo y la creación de la “civilización técnica (…)”

Vale, vale, ya paro. Y es que Duci Simonovic es alguien concienciado. Resulta muy común en sus textos –ya sea entre sus libros o entre sus numerosísimos artículos el hermanamiento entre nazismo y olimpismo. En ese tema, diversos historiadores coinciden con él, aunque Simonovic no necesita estar de acuerdo con el mundo, ya se sabe: “…los documentos, que estaban ocultos durante años por la opinión pública mundial, indican de manera inequívoca las estrechas relaciones de Coubertin y el régimen nazi, y la cercanía entre la filosofía olímpica de Coubertain y la ideología nazi (…). Una de las mentiras más extendidas es lo que hoy en día se ha establecido como el “carácter humanitario” de Pierre de Coubertin” (Nazi de la antorcha olímpica). Y la total asociación entre olimpismo y capitalismo: “Los esfuerzos para ganar más medallas son una expresión de la aspiración de lograr una mejor posición en el mapa del mundo capitalista. Es evidente que esta es una estrategia de guerra. El número indica el número de medallas conquistadas. El Lema “Lo importante es participar” ha perdido cualquier valor humano. Hoy en día, lo importante es sólo ganar”

La experiencia de Munich había hecho mella en Simonovic. A pesar de que se rumorea que está vetado en los medios de comunicación de su país (aunque circula por ahí una entrevista realizada por una televisión de internet), Duci encontró en su obra escrita el medio de expresión para desarrollar sus ideas. No fue fácil, y muchas veces él mismo tuvo que vender personalmente los ejemplares de sus libros a diferentes librerías de Belgrado. Personaje maldito, aun más que durante su etapa de jugador, y con acérrimos seguidores, su figura ha trascendido mucho más allá del deporte, hasta el punto que en numerosas publicaciones sobre política y filosofía han de recordar que “fue un gran jugador de baloncesto”. Lógicamente, en un país que admira tanto a Samaranch, que lucha por entrar en la Comunidad Europea y que siempre tuvo el objetivo de triunfar en los Juegos Olímpicos como forma de propaganda exterior, la actitud y argumentos de Simonovic pueden resultar incómodos. Una de sus obras más controvertidas y exitosas es la traducida a diversas lenguas Filosofía del Olimpismo

“El calendario de las principales manifestaciones deportivas asumió el papel de los calendarios religiosos y espirituales, se convirtió en un pivote, mientras que el estadio se convirtió en el lugar de culto más importantes del mundo moderno. El deporte no es sólo una “cortina ideológica para ocultar el verdadero mal” (Adorno), es la manera burguesa de borrar las huellas culturales de la humanidad y la destrucción de la herencia emancipatoria de la sociedad civil. El objetivo fundamental del olimpismo moderno no es transformar el mundo en una comunidad cultural de las naciones, sino convertirlo en una casa de fieras “civilizada”. Los estadios se han convertido en campos de concentración modernos en los que la esperanza de un mundo mejor está siendo destruido y las hordas de los bárbaros modernos se están generando. El deporte no es sólo el “opio de un defecto socialmente estructurado” y, por tanto “una de las principales vías de escape” de la realidad (Fromm), sino también una forma de degeneración del hombre: un espectáculo deportivo es un ritual sagrado a través del cual el espíritu capitalista insemina a las personas, convirtiéndolas en animales capitalistas transmutados”. 

Por si alguien se aburre, también dirigió un documental sobre el tema, La llama Olímpica

Y títulos de artículos como Los deportes en la función del lavado de cerebro no hace falta explicarlos, creo. 

Así pues, un hombre que ya en su etapa de jugador vivía al otro lado del pensamiento políticamente correcto acabó por cruzar definitivamente el umbral. Muchas leyendas circulan sobre su persona. No obstante, cabe decir que tiene muchísimos seguidores, y que está considerado un intelectual –algo excéntrico– de profundo calado. Su Carta Abierta a Noah Chomsky o sus reflexiones sobre la deriva ideológica de Occidente encuentran su caja de resonancia en múltiples foros. Como siempre, es muy difícil poder definir hasta qué punto se le ha hecho un vacío –o si eso no son más que rumores– en el recuerdo baloncestístico de su país. Porque Simonovic fue un grande. Y, aunque siempre se aluda a su Estrella Roja como la de “Slavnic, Simonovic y Kapicic”, el papel posterior de sus dos compañeros –en la pista, en los banquillos o en la federación– ha derivado en que Duci sea el olvidado, siendo una figura poco menos que desconocida para el resto de Europa, a pesar de sus múltiples convocatorias con la selección europea de baloncesto. Un talento diferente, una mente inquieta, una personalidad irreducible. 

Y un jugador que le discutía la primacía a los Delibasic Kicanovic y Dalipagic. Para el recuerdo quedarán sus 59 puntos ante los dos últimos, en uno de esos partidos que reventarían la red en caso de estar disponibles. Pocas veces se puede afirmar con tanta verdad aquello de Genio y figura

Hasta la sepultura.

Juanan Hinojo
Autor de “Sueños robados. El Baloncesto Yugoslavo”

Publicar un Comentario

Tu email nunca será publicado o compartido. Los campos requeridos están marcados con un *

Puedes usar estas etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

*
*